jueves, 8 de agosto de 2013

LAS CARAS DE LA BATALLA




         Los cuadros de las grandes batallas fueron prácticamente un invento del Renacimiento. Pero hubo interesantes diferencias en la manera de tratarlas.
         Algunas veces están pintadas con todo el realismo, por ejemplo en los dos cuadros de la Batalla de Isos de Alejandro Magno de Altdorfer (1) y de Bruegel (2); otras veces están reducidas a imponentes ceremonias de matanzas, como la Derrota de Cosroes, de Piero della Francesca (3)y la Batalla de san Romano de Paolo Ucello (4).
         Curiosamente a algunas de las más distantes y legendarias batallas se le da un tratamiento realista y las contemporáneas se tratan ritualistamente.
         San Romano fue una pequeña refriega entre los sienes y los florentinos en 1432 glorificada por Paolo Ucello (4) en tres grandes tablas que casi la hacen parecer un torneo.
         Cascina fue una victoria similarmente menor entre Florencia y Pisa en 1364, celebrada en frescos de Miguel Ángel (5), el autor recoge el momento antes de la batalla cuando los soldados fueron sorprendidos mientras se bañaban.
         La toma de Parma de Tintoretto (6), la batalla de Lepanto (7) y la batalla de Orsha (8) fueron acciones militares importantes que afectaron a la historia de Europa.

BATALLA DE ISOS

BATALLA DE ISOS

DERROTA DE COSROES

BATALLA DE SAN ROMANO

BATALLA DE CASCINA

TOMA DE PARMA

BATALLA DE LEPANTO

BATALLA DE ORSHA

sábado, 1 de junio de 2013

AGNUS DEI. F. Zurbaran. 1664. Museo del Prado.


Zurbarán represento en varias ocasiones el cordero como víctima propicia al sacrificio y por tanto como símbolo de Cristo, cuya muerte salvaría a la humanidad del pecado. Esta es la más refinada y la de mayor calidad de todas las. El animal, un carnerillo en este caso, aparece con las patas atadas, con una expresión de mansedumbre y dando sensación de abandono.
El pintor utiliza los mínimos elementos indispensables y una reducida gama de colores, una mancha luminosa dispuesta sobre una superficie gris indeterminada y que destaca sobre un fondo de densa oscuridad.
         Esta obra al mismo tiempo es un ejemplo de su capacidad técnica para mostrar los detalles y las texturas, lo que se manifiesta en la humedad del hocico o el los ojos, con sus delicadas pestañas, así como en la aspereza de los cuernos y el tacto esponjoso de la lana un poco sucia que le confiere mayor realismo.

PABLO DE VALLADOLID. Velázquez. 1635. Museo del Prado.


El pintor E. Manet (1832-1883) afirmó que esta obra era “quizá el trozo de pintura más asombroso que se haya pintado jamás”, lo que nos da una idea de la capacidad innovadora de Velázquez, que aquí crea un espacio sin ninguna referencia geométrica que delimite ni el suelo ni las paredes. La figura de Pablo de Valladolid, que trabajó en la corte desde 1632 hasta su muerte se integra con toda verosimilitud en un espacio sugerido sólo por su sombra y la degradación de la luz.
         El personaje se muestra en una actitud declamatoria, como un actor en un escenario imaginario, y es muy posible que su presencia en la corte se debiera a sus dotes cómicas o interpretativas. Toda la obra esta realizada con gran economía de medios, pero también con toda la seguridad que caracteriza la madurez del autor.